LECTURA LIBRE · CAPÍTULO 1 · REF // JMA-EB-C01

LEE GRATIS EL PRIMER CAPÍTULO DE EL BUCLE

Cada veinticuatro horas el mundo se reinicia y todos lo recuerdan. Este es el capítulo con el que empieza todo, íntegro y sin registro. Si al final quieres seguir, la novela completa está en tapa blanda (14,95 €) y en ebook (2,99 €).

LO QUE ZEUS BORRÓ DEL EXPEDIENTE

Un atestado policial real, redactado como lo haría un agente, con los detalles de una escena clave de El Bucle que no llegaron a la novela. Se manda por correo y solo a quien lo pide: acceso único, sin spam, sin más filtraciones que esta.

BUCLE 185 420

OLYMPUS

ORBITANDO LA TIERRA, en la estación ciudad espacial Olympus, santuario tecnológico de la élite privilegiada del planeta, se aprestan a realizar el rito que ha dictado sus vidas durante los últimos quinientos años. Un ritual tan intrínseco a su existencia que lo perciben como una función natural de su ser.

Hoy, como cada día desde hace medio milenio, en este lugar reina una calma imperturbable, la misma que precede a cada pautado reinicio. Más allá de las cúpulas de polímeros que actúan como protección de la estación, sus naves de vigilancia se desplazan con un sigilo casi feral, como espectros en busca de almas perdidas en la negrura. Es un balé ensayado con meticulosidad, una liturgia de movimientos calculados al milímetro en la soledad del espacio sideral. En esa danza de la muerte, cada giro, cada maniobra, tiene el único propósito de asegurar que el ritual del reseteo temporal se celebre sin contratiempos ni interrupciones. Cada nave, como un monje en trance, se mueve con la precisión de un reloj astronómico y en su balé silente, garantizan que el tiempo, ese tirano inmutable, pueda una vez más volver sobre sus pasos.

Mientras tanto, sus habitantes, impasibles a esta sinfonía de vigilancia que los rodea, permanecen sumergidos en sus rutinas. Sus rostros son máscaras de simpatía que, tras la luminiscencia de sus dispositivos cibernéticos personales ocultan su arrogancia. En las calles, en los mercados, en las plazas, los olímpicos viven sus últimos minutos del día como si fueran figuras de un gran diorama que dan por hecho el milagro tecnológico que está a punto de llevarse a cabo por encima de sus cabezas; un nuevo reinicio que, en su misteriosa alquimia, puede cambiarlo todo o dejarlo todo igual, en una eterna repetición del destino.

No es casual el nombre de Olympus, pues en su egocentrismo, sus residentes se creen semejantes a los dioses griegos antiguos, viviendo por encima del resto del planeta y mirando a los de la superficie con desprecio. Al fin y al cabo, estos se hallan más cerca de la gran máquina sagrada, porque por encima de la urbe orbital, y aún más resguardado que la misma Olympus, se encuentra la pieza central de este magnífico milagro que es el bucle temporal. Flota triunfante sobre ellos, a varios miles de kilómetros por encima, la megaestructura, el fulcro esférico de esta sinfonía de tiempo retorcido. Este artefacto, un milagro tecnológico, es el pulsar que da ritmo a los ciclos temporales. Viaja en una órbita en perfecta sincronización con Olympus, ancladas por la gravedad la una a la otra como dos entidades en un vals cósmico perpetuo, una pareja en una danza gravitacional sin fin. Este baile sin voz, la danza de la megaestructura y Olympus es el maestro de ceremonias que orquesta la repetición temporal. Tal es la sincronía, que su danza silenciosa redacta la partitura por la cual el tiempo se arremolina y rebobina en un ciclo sin fin. Es tan vasta que rivaliza con una pequeña luna y se yergue con majestuosidad, como un faro para toda la humanidad, una joya resplandeciente que desafía la gravedad con su gracia celestial. Y en el corazón tecnológico de esta gran esfera y protegido por la intrincada envoltura de la más sofisticada ciencia, se mantiene preso un agujero blanco artificial. Contenido por campos antigravitatorios de un poder inmenso, este agujero blanco es una recreación espejada, aunque opuesta, de un agujero negro, que resplandece con la brillantez de mil soles. Una anomalía celeste domada, una antítesis del devorador de luz, que ahora sirve como fuente de energía inagotable, una usina que alimenta el perpetuo desenredo y retejido del tapiz temporal. A pesar del caparazón exterior de la megaestructura, su luz se escapa entre los orificios y aperturas que la rodean, bañando toda la órbita terrestre como el único y enjaulado Sol existente.

El origen de esta máquina y sus arquitectos es un enigma, así como el mismo propósito de sus constantes reposiciones periódicas, pero incluso bajo estos tabúes, todos los habitantes a lo largo y ancho de la órbita terrestre -olímpicos, terráqueos, selénicos lunares y hasta los moradores de las pequeñas estaciones orbitales- obvian ese engendro y lo ignoran, sin prestarle demasiada atención, del mismo modo que en la antigüedad se daban por obvios los mismos amaneceres.

Rodeandola patrullan naves construidas con una fría aleación de acero cromado. Tan pulido está el metal que conforma la superficie de estas naves que, como un espejo, refleja la luz que emana del interior de la máquina provocando destellos intermitentes a medida que la orbitan. Se mueven con una gracia y agilidad inesperadas para su gran tamaño, navegando la inmensidad de la máquina con una fluidez que desafía la comprensión. Las brillantes estelas que dejan a su paso parecen arañazos luminosos en el lienzo negro del espacio, marcas fugaces de su constante vigilancia del artefacto. La seguridad es primordial pues un error en su funcionamiento puede tener consecuencias catastróficas para todo el sistema solar, de ahí la gran concentración de enjambres del gobierno y a medida que cada nave avanza en su monótona patrulla, el perfil de la megaestructura se revela en todo su esplendor.

La vastedad de su superficie es tal que, vista de cerca, parece un paisaje alienígena, un horizonte de metal inteligente y luz extraña. Los detalles de su construcción, la simetría casi perfecta de su geometría, el brillo cegador que emana de sus entrañas, todo ello susurra el milagro de su existencia, la asombrosa proeza de sus desconocidos arquitectos que, como los antiguos constructores de las pirámides de Egipto, permanecen anónimos a la historia.

El intrincado tapiz tecnológico que soporta esta maravillosa esfera es un enigma de proporciones bíblicas; es tan incomprensible en su magnitud como en su propósito, su origen y sus creadores. Un misterio sin respuesta que se cierne como una sombra imponente sobre la inteligencia humana. Sus constructores originales han permanecido en el anonimato, oscurecidos por las cortinas de la memoria. No quedan huellas de su identidad ni indicaciones de sus intenciones. ¿Fueron humanos tocados por una chispa de genialidad desmesurada? ¿O quizás una raza alienígena avanzada que dejó su huella aquí, un regalo de una civilización que miraba al universo con ojos diferentes? El propósito de esta repetición perpetua de un día, veinticuatro horas de intervalo terrestre, es otro enigma igual de desconcertante. ¿Es un experimento? ¿Una trampa? ¿Un regalo? ¿Un castigo? Las conjeturas se entrelazan y se anudan, formando un laberinto de posibilidades que el intelecto humano se esfuerza por desentrañar. Para unos es un regalo, para otros muchos, un castigo. Aunque ya nadie en toda la órbita piensa sobre eso, solo lo asumen como algo normal, algo que, como las fuerzas fundamentales del universo, no puede ser controlado. Pero por encima de todas las interrogantes se levanta una verdad indiscutible. Esta construcción existe, ahí está, sobre las cabezas de todo el mundo. Y su poder, su capacidad para manipular el tiempo y retorcer la realidad, es sin igual en todo el espacio que rodea el planeta. Se mantiene como un faro de potencia incalculable, un testimonio de lo que se puede alcanzar cuando se superan las fronteras del conocimiento. Y, a pesar de su misterioso origen y enigmático propósito, su presencia indiscutible influye en la vida de cada ser humano que vive bajo su luz. Nadie escapa a su influjo casi divino.

A falta de tan solo cinco minutos, en la colosal edificación conocida como La Torre y situada en el mismo centro de Olympus, los empleados gubernamentales supervisan todo el retroceso temporal. Gracias a que el techo está construido con una aleación especial de nano partículas translúcidas, la luz procedente de la máquina sirve de iluminación natural para todo el recinto y crea un ambiente casi divino. Debido a esa ingeniosa arquitectura, desde esta blanca y circular cámara, los ingenieros tienen visión directa de la megaestructura flotando sobre ellos.

Aquí solo se permite la entrada a las mejores y más brillantes personas del mundo, aquellas que con la ayuda de la inteligencia artificial más sofistica jamás creada, trabajan sin descanso para garantizar la estabilidad del prodigio tecnológico junto a ella.

ZEUS, como se la conoce por sus siglas, «ZERO ENTROPY UNHUMAN SYSTEM», es una consciencia neuronal perfecta, cuasi omnisciente y eterna, cuyo núcleo de personalidad, su propia esencia, reside en lo más profundo de la megaestructura y que, como director de una orquesta, controla todo el proceso temporal. Algunos en la antigüedad la hubieran equiparado a un dios, sin duda.

A falta de unos escasos minutos para que el rebobinado temporal dé comienzo, los trabajadores de la Torre corren ajetreados por la sala, manteniendo a raya un cierto nerviosismo ante la improbable posibilidad de que se produzca algún fallo en el proceso. Es una preocupación intrascendente pues ZEUS lo controla todo de manera automática y nunca comete errores. La IA es perfecta.

A pesar de no entender el motivo de la necesidad de repetir la misma jornada una y otra vez, todo el mundo lo continúa esperando, casi con la necesidad de un enfermizo síndrome de abstinencia, como si toda la humanidad se tratara de unos vulgares drogadictos. Algunos podrían pensar que es por miedo a lo desconocido, otros dirán que se han acostumbrado y ya no pueden vivir sin la tranquilidad de que nada de lo que hagan importa, donde ni la misma muerte tiene valor en este mundo pues, aunque llegue, siempre se comienza reviviendo un nuevo día. Y con esa falta de consecuencias, ya casi nada importa, pero aun así muchos se aferran a esos nuevos comienzos y, cual droga, no pueden vivir sin ellos.

Aquí, en la sala de supervisión, la actividad continúa como siempre, sin aparentes problemas. Los astrofísicos e ingenieros están terminando su jornada habitual de doce horas y la totalidad de los que allí están corren agitados de un lado para otro, absortos en sus rutinas anteriores a la finalización del círculo temporal. Todos menos una persona. Una que entre el bullicio pasa desapercibida al resto.

En medio de la energía frenética del laboratorio, un hombre de semblante sereno se convierte en una isla de quietud. De mediana edad, con el encanto de los años marcado en sus facciones, viste con la impoluta bata blanca que le acredita como científico. Su pelo castaño, como bien compuesto en una partitura, se acomoda en orden perfecto sobre su cabeza. Al contrario de sus colegas, su rostro se mantiene pulido y libre de las marcas de cromo que son comunes en su entorno. Se encuentra paralizado frente a la escotilla de observación, mirando el vacío profundo, como si el tiempo y el espacio hubieran hecho una pausa para él, y su mirada, como el espejo del alma, se pierde más allá de las paredes del laboratorio, como si cargara con un peso invisible. Se mantiene observando el horizonte a las distantes ondulaciones de color rojo intenso que lo tapan todo tras una tela cuántica.

El velo escarlata es un efecto colateral de los taquiones y ha sido el único techo visible que la humanidad ha podido vislumbrar desde hace siglos, desde el comienzo de la reconfiguración del tiempo a voluntad. Intentar ver más allá de él es tan imposible como intentar ver una moneda en el fondo de un estanque tras tirar una piedra, a través de las ondulaciones provocadas por el risco al caer sobre el agua. La cortina carmesí oculta todo lo que hay más allá de ella. Ni el mismo Sol es discernible tras su distorsión cuántica.

Mientras el restablecimiento se aproxima, el científico de bata blanca busca en esos rizos sanguinos del universo alguna respuesta, alguna clave que ni la ciencia ni la razón han sabido aún descifrar. Pero sus pensamientos y dudas se pierden en el ajetreo del lugar mientras todos los presentes ignoran su figura, a pesar de la importancia de su persona. Su nombre es Óliver J. Lándom, el director general del proyecto «BUCLE TEMPORAL» y encargado del mantenimiento del sistema. El mandamás de la Torre permanece pensativo y distante, casi se podría decir que lo inunda una profunda apatía interior.

—Todo preparado, señor Lándom —interrumpe sus pensamientos un joven de aspecto saludable.

—Adelante con el reinicio —responde Óliver sin mirarle siquiera.

Desde fuera, solo por su aspecto, el director podría parecer el típico nerd, con un carácter tranquilo y educado, pero nada más lejos de la realidad. Es firme y duro con el trabajo que aquí se realiza. Una figura autoritaria, pero, irónicamente, introvertido incluso con sus otros colegas de profesión.

Esta noche, sin embargo, no parece el mismo. Su pose encogida, denota a una persona fatigada y rendida. En solo unos minutos, cuando se rebobine el día, volverá a despertarse en la soledad de su vacío apartamento, en Ciudad Takion, abajo en la Tierra, para comenzar otras veinticuatro horas. La monotonía es dueña de sus actos y hará lo mismo: una taza de café solo, sin azúcar, tomada en el balcón de su fría casa, mirando hacia el horizonte de la ciudad. Después cogerá un aerodesplazador privado y se dirigirá al ascensor orbital para subir hasta aquí una vez más, a la ciudad estación espacial Olympus, para trabajar en la Torre. Inmerso en un ciclo interminable de rutinas autoconscientes, como si estuviera atrapado en una ecuación de probabilidades que siempre colapsa hacia el mismo estado.

Así que Óliver sigue el mismo ritual siempre, no porque espere algo diferente, sino quizás porque en la implacable repetición encuentra la única forma de sentido en un universo que ha dejado de tenerlo. Perdido en sus pensamientos, obvia la ajetreada escena que tiene a su alrededor.

Como en cada iteración temporal, hoy todos los indicadores visuales de la gran máquina están en funcionamiento óptimo, el rojo campo taquiónico es estable y ZEUS está realizando los últimos cálculos cuánticos para efectuar un nuevo retroceso de veinticuatro horas, igual que cada uno de los cientos de miles de días que se lleva repitiendo la misma imperecedera sucesión.

—Haced una comprobación estándar de los sistemas cuánticos y el campo taquiónico —pide Óliver a sus ingenieros.

—Integridad de los sistemas correcta y en línea, función de onda estable y a punto de colapsar. Se inicia la cuenta atrás para una nueva regresión temporal —responde uno de los físicos del lugar.

—¿Cuál es la integridad del agujero blanco? —pregunta el director.

—Es del cien por cien, señor Lándom, los valores de la singularidad cuántica son los mismos de siempre —afirma otro ingeniero de la sala.

—¿Y el campo taquiónico? ¿Cómo aguanta?

—Estable y abarcando toda la órbita —dice el ingeniero—. No hay nada fuera de lo común, señor, como en cada ciclo…

—¿Alguna queja? —Óliver cuestiona con autoridad la insolencia del empleado.

—Ninguna, señor —se apresura a aclarar el físico.

—Bien. ¿Está todo listo para la onda de taquiones, entonces? — continúa consultando el director.

—Afirmativo —dice avergonzado el físico cuántico sin levantar la mirada de su ordenador.

Todo el mundo en la sala de control permanece anclado a sus consolas, observado la cuenta regresiva en las pantallas. El silencio sepulcral de este lugar contrasta con la algarabía y jolgorio de las calles de fuera.

—Un minuto para reseteo temporal. Estén preparados para recibir el baño de taquiones —anuncia ZEUS al conjunto orbital completo a través de los sistemas de comunicación universales.

Al escuchar eso, Óliver usa el enlace con la red de información planetaria de ZEUS, mira la cuenta atrás regresiva y corrobora la cuenta atrás en su «DISPOSITIVO ASISTENCIAL PERSONAL» o DAP, la holopulsera inteligente que todos los ciudadanos y empleados están obligados a llevar por ley. Comprueba, tal como dice la IA, que solo faltan escasos segundos para terminar el día y comenzar un nuevo ciclo, de modo que respira hondo llenando sus pulmones, se relaja y espera a que un nuevo baño de partículas lo catapulten de nuevo hasta su apartamento.

Todo parece normal justo antes del salto temporal, pero entonces, la calma se rompe con una violencia apabullante. Un rugido, un estruendo, una detonación cuyo origen radica fuera del santuario de acero de la estación, perfora la quietud y la estación entera comienza a temblar, a sacudirse como un barco en medio de una tempestad de proporciones cósmicas. El temblor alcanza una magnitud tal que arrebata a Óliver su precario equilibrio y lo derriba, desplomándolo al suelo con brutal indiferencia. Luego, simultáneamente, los sistemas de emergencia se activan, el ambiente se llena con el sonido discordante de las alarmas, un himno de emergencia que suena por todo Olympus, estremeciendo el aire y haciendo eco en sus oídos. Luces rojas pulsantes surgen de todas las esquinas, pintando la estación con un resplandor magenta que iluminan el temor en sus rostros, proyectando sombras danzantes que juegan con la histeria del momento. Óliver se siente atrapado en un caos interminable, incapaz de comprender lo que está sucediendo.

A continuación, se oye otra detonación, justo detrás de la compuerta que da acceso a la sala de control, junto a su lado. Los pensamientos lo recorren fugaces como estrellas perdidas mientras el temblor se intensifica. Se pregunta qué demonios está pasando mientras trata de levantarse. Lo consigue con dificultad, aunque, aún aturdido, no sabe que está sucediendo. Corre como puede lejos de la puerta de acceso, intentando huir de lo que sea que pase ahí fuera.

Se escuchan disparos de fusiles de plasma en la lejanía, fuera de la sala de monitoreo temporal. Los soldados del interior se amontonan junto a la puerta de acceso para evitar que nadie penetre en el sistema de control.

Óliver toma una gran bocanada de aire mientras se arrastra como puede por el suelo. Ya no tiene duda, se trata de un ataque premeditado a Olympus y la megaestructura, pero ¿quién sería tan estúpido de hacer algo así? Podrían desestabilizar la contención del agujero blanco y exterminar toda la vida en el sistema solar.

El caos y bullicio en la base se torna frenético, mientras los soldados corren en todas direcciones, histéricos, como hormigas que tratan de defender la colonia atacada.

—¡ZEUS, cierra de inmediato las compuertas de acceso! —grita un soldado mientras corre.

La inteligencia artificial obedece de inmediato blindando las puertas con una segunda protección de acero.

—Cerrado —responde la IA.

—¡Atrás todo el mundo! ¡Rápido! —vuelve a vociferar el soldado mientras se coloca en posición defensiva frente a las puertas.

—¿Qué está pasando soldado? —le pregunta Óliver desde el frío suelo.

—¡Aléjense de las puertas, he dicho! ¡Eso va también por usted, director Lándom! —le abronca el soldado mientras apunta con su fusil en dirección a las puertas de acceso del recinto.

Este asiente con velocidad antes de que el soldado la tome con él.

Entre estruendo de explosiones y sacudidas, todos los soldados van apelotonándose ante la entrada, esperando un posible asalto al interior. Es una situación muy anómala y nueva para ellos, pues jamás, en los quinientos años de reinicios, han intentado irrumpir por la fuerza en esas instalaciones. Su confusión es notable y su sorpresa mayúscula, pero en pocos segundos logran formar una escuadra defensiva.

—¡Pelotón bravo! ¡Posición de defensa táctica! ¡Qué el enemigo no pase de esta línea! Hay que defender la sala. ¡El bucle lo es todo! ¿Habéis recibido? —grita el mando de los soldados a sus hombres.

—¡Recibido, señor! ¡El bucle lo es todo! —responden todos al unísono.

Todos los fusiles apuntan a la puerta mientras se continúan oyendo disparos tras ella, hasta que, de repente, se hace el silencio.

Mientras tanto, la cuenta atrás de ZEUS continúa, ajena a todo ese revuelo, comunicándola por la megafonía de la instalación.

—Cinco segundos para el reinicio, cuatro segundos, tres segundos... —informa la IA.

El director se mantiene agazapado detrás de una mesa. «Bien, en unos segundos el tiempo se reconfigurará y esta locura habrá terminado», medita mientras intenta protegerse del ataque.

—Dos segundos, un segundo. Iniciando la reposición temporal —ZEUS finaliza la cuenta atrás.

En medio de la tempestad de su desesperación, Óliver aprieta sus párpados como si tratara de comprimir la realidad en su interior, anhelando la dulce liberación de una nueva ronda. En el estadio final de la cuenta regresiva, el silencio se cierne sobre él, la tranquilidad antes de la tormenta.

Pero entonces, surge algo inimaginable, algo sin precedentes en los anales de la existencia de los bucles. La cuenta regresiva ha cesado y contra todo sentido, contra todo entendimiento y todas las expectativas, no ha pasado nada. No hay relanzamiento temporal hacia atrás, no hay repeticiones, solo la marcha inexorable del reloj que transcurre en su constante flujo lineal.

Un sentimiento de asombro desorientado se adhiere a Óliver. No hay sonidos de retroceso, no hay sensación de su ser fragmentándose y reformándose en un día anterior. Solo la fría realidad del fluir hacia adelante, sin restricciones y con consecuencias.

Este es un territorio desconocido. Por primera vez en la larga historia de la máquina, la fecha no ha vuelto a comenzar. El presente es desconocido y el futuro, que una vez fue tan predecible, se ha convertido en un horizonte oscuro e inexplorado.

Vuelven los gritos y las explosiones.

—Error crítico, fallo en el sistema —anuncia ZEUS a la órbita con una calma casi aterradora.

«¡No hay reinicio! ¿¡Qué está pasando!? ¿Hay acaso una avería?», piensa Óliver muy sobresaltado mientras contempla su DAP, absorto, como si hubiera perdido el habla. Observa, inquieto, cómo se desvanecen las veinticuatro horas, dejándole sin aliento. Su corazón late con una fuerza desenfrenada, desacompasado y frenético, una carrera alocada contra su propio pecho. Un sudor frío y traicionero serpentea por su espalda, una confirmación palpable de un miedo indescriptible que crece en su interior. El reseteo diario, ese viejo y constante amigo, siempre fiel a su ciclo de veinticuatro horas, parece haberlo traicionado. Durante siglos, ha mantenido su constante danza, un ciclo ininterrumpido. Pero ahora, de alguna manera incomprensible, el baile ha cesado. Esperaba despertar en la familiaridad de su apartamento, pero en lugar de eso, la fría y metálica realidad de Olympus sigue siendo su refugio. «¿Por qué el tiempo, tan inexorable y predecible, ha decidido desafiar su propia naturaleza?», piensa.

Con el mundo tambaleándose a su alrededor, Óliver se aferra a la pared, usándola como un ancla para navegar por la tormenta. Sus piernas temblorosas parecen pertenecer a un recién nacido, inseguras y frágiles ante la vibración del suelo bajo sus pies. Su ruta lo lleva frente a una ventana y, en ese momento, el mundo entero parece detenerse.

Lo que ve le quita el aliento, dejándolo sin palabras. La cortina carmesí, un velo insondable e impenetrable causado por la distorsión temporal de la megaestructura, siempre presente desde la primera activación de la máquina, ha desaparecido. Esa barrera impenetrable que oscurecía cualquier visión más allá de su manto rojo ya no está, lo que evidencia que el bucle no se ha llevado a cabo, deteniéndose el baño de partículas taquiónicas.

Es como si los velos del tiempo y el espacio se hubieran retirado, desvelando el vasto lienzo del universo más allá. Por un momento, todo parece desvanecerse: el temblor del suelo, la vibración de la estructura, la inseguridad de sus piernas… y lo único que queda es el vacío del espacio.

El momento es trascendental. Por primera vez en más de quinientos años de cíclica repetición temporal, se disipa la cortina carmesí que oculta la realidad exterior. Óliver, con una mezcla de asombro y aprehensión, mira más allá. Allí, en la distante órbita, está la Luna. Bajo sus pies se extiende la Tierra. Pero eso es todo. En el resto del firmamento, solo hay una oscuridad infinita, impenetrable. Una negrura tan intensa como un abismo que lo envuelve todo. Ni siquiera está el Sol. Ese astro tan conocido para la humanidad; dador de calor, luz y vida.

Con un gesto frenético, se frota los ojos, cuestionando la integridad de su percepción. ¿Será un sueño, o quizás una ilusión óptica inducida por la misma mecánica cuántica que sostiene la secuencia temporal? Se obliga a mirar de nuevo. La negrura persiste, obstinada y total. El vacío es infinito.

Su desconcierto alcanza niveles exponenciales. El cielo estrellado, que debería estar visible entre los majestuosos edificios de la ciudad espacial ha desaparecido.

La angustia lo inunda. ¿Qué significa esta ausencia, este vacío? ¿Dónde están las estrellas? Se cuestiona el científico y en este precipicio de incertidumbre, Óliver se enfrenta a una oscuridad más profunda que la simple falta de luz: el abismo de lo desconocido. «¿Dónde ha ido a parar todo?», se pregunta mientras vuelve a la pantalla de su DAP. «Ya pasan treinta segundos desde que se tenía que haber repuesto el bucle, pero no ha sucedido y, además, ¿a dónde ha ido a parar todo? Solo hay oscuridad y silencio ahí fuera», se cuestiona lo que ve. «¡¿Qué está ocurriendo?!».

Miles de pensamientos y conjeturas inundan su capacidad analítica, tratando de comprender lo que está sucediendo con la aparente ausencia de estrellas que reina fuera, pero de pronto, todos estos pensamientos se vuelven irrelevantes, cuando la compuerta de acceso a la sala de control revienta de manera súbita en una colosal explosión, atrapando consigo a muchos de los guardias de seguridad que se encontraban custodiándola. Humo, escombros y un fuerte olor a pólvora lo inundan todo.

—¡A cubierto todo el mundo! ¡Vamos, vamos, vamos! ¡Maniobra alfa! ¡Ya, ya, ya! —gritan los pocos soldados que aún siguen en pie dentro de la sala, mientras los pocos supervivientes se levantan confusos por la explosión.

Como marioneta guiada por las cuerdas de una revelación abrumadora, Óliver se somete y se refugia tras el primer obstáculo que encuentra. En las profundidades de su ser, una verdad resplandeciente emerge, agarrándose a su conciencia con garras de acero. «Esto no es un capricho del azar, ni una mal función inexplicada. Esto es deliberado», piensa el director.

La explicación de la situación se instala en su cabeza como una pesada piedra de realidad. Alguien o algo se ha infiltrado en La Torre y ahora pretende acceder a la sala de supervisión de la máquina. Los eventos no son meras coincidencias, sino hilos de una tela siniestra que se está tejiendo.

La serenidad de Olympus, la fortaleza inexpugnable en las alturas está siendo amenazada. Un ataque está en marcha y la calma que reinó una vez está siendo reemplazada por el grito estridente de la intrusión y la guerra.

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