LECTURA LIBRE · CAPÍTULOS 1 Y 2 · REF // JMA-FZ-C01

LEE GRATIS LOS DOS PRIMEROS CAPÍTULOS DE FRECUENCIA ZERO

Hay un patrón imposible grabado en los monumentos más antiguos de la Tierra, y alguien lo ha encontrado. Estos son los dos capítulos con los que arranca el tecnothriller, íntegros y sin registro. La novela completa está en tapa blanda (19,99 €) y en ebook (3,99 €).

LO QUE ZEUS BORRÓ DEL EXPEDIENTE

Un atestado policial real, redactado como lo haría un agente, con los detalles de una escena clave de El Bucle que no llegaron a la novela. Se manda por correo y solo a quien lo pide: acceso único, sin spam, sin más filtraciones que esta.

Capítulo 1

AQUINCE mil metros de altura, el mundo se reducía a matemáticas y miedo. El comandante apretó la máscara de oxígeno contra su cara, buscando un aire que supiera a algo más que a goma quemada y metal reciclado. El bombardero vibraba bajo su asiento, una sacudida constante que le subía por la columna y le recordaba que estaban volando sobre una tumba abierta.

—Dos minutos para objetivo —cantó la voz del copiloto por el intercomunicador. Sonaba metálica, despojada de cualquier rastro de esperanza.

El comandante miró el panel. 9 de agosto. La fecha parpadeaba en verde fósforo en el HUD. «Qué macabra ironía», pensó.

El mismo día que Nagasaki. Ochenta y siete años después, la humanidad intentaba corregir su destino con el mismo fuego, solo que esta vez el enemigo no estaba en otra ciudad, sino debajo de la corteza terrestre.

Abajo, la isla de Delos ya no era la cuna de Apolo. Era una cicatriz. El cráter Harbinger la había devorado, un anillo rojo en el mapa táctico que palpitaba como un ojo infectado esperando que parpadearan.

—Sistemas en línea —confirmó el comandante. Su voz no tembló. Hacía meses que había gastado todo su miedo—. Recuerda el procedimiento, hijo. Entramos, soltamos el paquete y viramos. Si rozamos su radio de influencia un segundo más de lo necesario, nos apagarán como a una vela y caeremos en esa boca.

—Entendido, señor. Un minuto. ARM en posición.

El copiloto, un teniente que apenas tendría veinticinco años, se limpió el vaho del visor con el dorso del guante. El comandante vio el gesto. Sabía lo que significaba. No tenían familia esperando en tierra; los habían elegido justo por eso. Eran fantasmas pilotando un ataúd de fibra de carbono y titanio hacia el fin del mundo.

—Arma el paquete.

—Armado y listo. L A NOCHE está preparada.

L ANOCHE : así llamaban a la bomba, pues era un cilindro negro y mate en la bodega, cargado con la ira nuclear de una especie que se negaba a morir en silencio.

Las compuertas se abrieron con un gemido hidráulico y el aire helado de la estratosfera aulló al recibir el regalo humano.

—Descendiendo a diez mil metros para el ataque.

—Confirma objetivo.

—Confirmado, señor.

—Lánzala —ordenó el comandante, y por primera vez, soltó la palanca para trazar una rápida señal de la cruz sobre el pecho—. Y que Dios nos perdone por lo que vamos a despertar.

Un chasquido metálico resonó en el fuselaje cuando los ganchos liberaron las dos toneladas de muerte. El comandante sintió el cambio sutil en el equilibrio de la nave y, sin perder un instante, inclinó la palanca hacia la izquierda mientras empujaba los aceleradores al máximo. El bombardero viró bruscamente en un giro de ciento ochenta grados, buscando poner la mayor distancia posible entre ellos y el infierno que estaba a punto de desatarse a sus espaldas. No había más música que la post combustión de los reactores y el crujido de los arneses bajo la fuerza G.

—¡Iniciando maniobra de escape! —gritó sobre el rugido de los motores—. ¡Tenemos un minuto y cuarenta segundos antes de la detonación!

Los motores rugieron hasta el límite; el fuselaje zumbó.

—Tenemos el tiempo justo para salir del radio letal de la onda de choque —recordó el comandante apretando los dientes bajo la máscara.

El horizonte, una línea nítida de acero y azul, se inclinaba vertiginosamente. Por debajo, el mapa en blanco y negro de un país con las luces apagadas. En cabina, olor a plástico caliente y a sellante. El HUD marcaba cifras limpias que caían a toda velocidad; los relojes, disciplinados. A través del intercom, pequeños chasquidos, estática. Al acercarse a cualquier agujero, siempre había algo en el aire, como si el mundo masticara el sonido.

El comandante señaló con el mentón una cifra escrita a lápiz en el marco de la cúpula: «Distancia segura: cincuenta kilómetros». Debajo, el cronómetro del panel descontaba el tiempo.

El segundo hundió el pulgar en el cronómetro del muslo, respiró por la máscara hasta que el zumbido del oxígeno se perdió.

El comandante apoyó el guante en su antebrazo, un apretón breve. Silenció el intercom; el ruido de los motores llenó el hueco que las palabras no pensaban decir. Aflojaron medio centímetro los hombros contra el asiento, como quien se encoge antes de una ola. Una sonrisa seca, un leve asentir y cada uno volvió a sus instrumentos.

Y esperaron mientras la cuenta atrás llegaba a sus dígitos finales. El avión seguía volando raudo, alejándose a velocidad supersónica, acunado solo por el zumbido constante de sus propios motores al límite.

Los dos se buscaron con la mirada. Sabían antes de empezar la misión que la distancia no sería la suficiente para evitar los efectos de la detonación. Los dos habían aceptado su destino: por su país, por su planeta. Era una misión suicida.

Aquel contacto visual era una despedida mutua. No eran palabras; era un acuerdo antiguo: si esto sale mal, también sale bien, porque cierra la puerta.

—Diez segundos para el contacto del paquete, señor —cantó el teniente.

—Preparado para impacto.

—Dos… uno… contacto.

El comandante cerró los ojos y sintió una desazón antinatural, justo antes de la detonación. Una angustia mental que no correspondía al inminente fin. Al partir hacia la misión había aceptado su muerte con resignación, pero ahora estando tan cerca de su fin no podía evitar sentir miedo. Cerró los ojos esperando el fogonazo que blanquearía el cielo, esperando la sacudida que desintegraría los átomos del aire.

Pero no hubo luz. No hubo trueno. La física se rindió ante la voluntad del agujero. El mundo no se estremeció.

El avión seguía intacto y el cielo aún era de ese gris enfermo.

El comandante abrió los ojos. Era como si alguien hubiera escuchado su deseo de vivir y decidido que la explosión no estaba permitida allí. Y el universo obedeció.

—¿Fallo de detonación? —preguntó. Su voz sonó extraña, demasiado alta en el silencio repentino de los auriculares.

—No... no puede ser —balbuceó el copiloto, tecleando a ritmo frenético en su consola—. La telemetría confirmó la secuencia de armado. Los altímetros de la bomba funcionaban. Debería haber... debería haber algo.

—¿Telemetría del paquete?

—Según datos, caída en coordenadas exactas. Pero no hay destello, no hay presión, no hay nada.

—Comprueba con visual.

El teniente revisó nervioso las imágenes en los instrumentos de a bordo. Sus manos temblorosas no acertaban con los botones.

—Confirmo visual: sin efectos, señor. Hemos hecho un triple, comandante, bola dentro a la primera, pero no hay detonación en el interior. Ni siquiera ha habido impacto sísmico; el agujero ha absorbido la energía cinética y la masa como si hubiéramos arrojado una pluma al vacío.

El comandante golpeó con el puño el marco de los instrumentos. Un golpe breve para no romper nada que aún funcionara.

—Malditos Harbinger —escupió—. Si esto tampoco les afecta, estamos bien jodidos, teniente. Transmite al alto mando: la bomba ha sido anulada como el resto de nuestro armamento. Campo neutralizador activo en el objetivo.

El teniente cambió a canal seguro y cantó la derrota en clave de rutina. Dejó de hablar y la cabina volvió a ser un cuarto pequeño con dos hombres dentro y un planeta entero allá abajo, quieto.

—¿Y ahora qué, señor? Nada funciona contra ellos.

—¿Eres religioso, teniente? —Se señaló el crucifijo dorado que llevaba bajo la camiseta. El teniente negó—. Igual es momento de empezar a serlo, hijo.

No lo dijo por decir. En ese silencio cabía todo: la bomba que no fue, los misiles que nunca estallan cerca de los agujeros, la artillería que se queda muda a su sombra. Esos socavones se lo tragaban todo sin masticar. Aquella misión era la apuesta final para sellar una de las bocas, el último clavo. Y la boca había bostezado sin siquiera dignarse a morder.

—Mantén rumbo. No entres otra vez en el radio —ordenó el comandante, mecánico—. No les regales el avión.

El más joven miró de reojo el cronómetro. Habían pasado veintiséis segundos desde «contacto» y seguían vivos. Y, sin embargo, esa supervivencia sabía a desierto.

—Alto mando confirma recepción —dijo el teniente—. Solicitan persistencia a distancia prudente y transmisión de datos de campo.

—Copia. Persistimos fuera de cobertura.

Viraron en un arco amplio. A esa altura, el agujero Harbinger no brillaba ni rugía ni emitía nada. Solo estaba. Un círculo perfecto, antinatural, que imponía su ley silenciosa: aquí las reglas cambian. Aquí la fisión aprende a callarse. Aquí la tecnología recuerda que es menor.

—¿Crees que saldrá algo de ahí? —se atrevió a decir el joven.

—Meses de intentos sin respuesta —respondió el comandante—. Si tienen intención, la guardan. Si tienen piedad, no la hemos visto.

El avión siguió su ruta, pequeño contra el cielo. Debajo, la pupila extraterrestre seguía mirando hacia arriba, paciente. Y ellos, por primera vez, entendieron que «no pasar nada» también puede ser una forma de amenaza.

Así dejaron atrás Delos, la isla donde, según las leyendas, estaba prohibido nacer y morir.

Y mientras se alejaban, el comandante comprendió la verdadera naturaleza del terror: no era el fuego, ni la muerte. Era la indiferencia. El enemigo no los odiaba. Tan solo, para ellos, no eran nada.

Capítulo 2

DOS AÑOS DESPUÉS, aún desconocíamos todo cuanto rodeaba a los visitantes. Nunca los vimos. Nunca se pusieron en contacto con nosotros. Aun así, sabíamos que allí, dentro de esas cuevas, se ocultaban.

Aquella ignorancia sobre todo lo que ocurría en el interior de los gigantescos hoyos provocó que el planeta cambiara de forma irreversible. Tras la Irrupción, una extraña ola de desasosiego comenzó a extenderse por todo el globo. Sutil al comienzo, pero con el paso de los meses fue aumentando hasta apoderarse de casi todo el planeta. Claro que no afectaba a todo el mundo por igual; la degradación social no era uniforme; se concentraba como una gangrena alrededor de algunos países más que en otros, pero se sentía en todo el ambiente. Como una peste que no sabes de dónde proviene, pero que, por más que te alejes, no te abandona.

Aun así, la vida pudo seguir con cierta normalidad, bajo el ojo omnisciente de aquellos profundos socavones en la tierra. Aquellos túneles estaban inertes en apariencia, pero el desconocimiento de todo lo que los rodeaba provocó la paranoia en ciertos gobiernos, lo que derivó en guerras. Otros países se cerraron al exterior. Y unos pocos mantenían un delicado equilibrio de normalidad a la espera de que los visitantes decidieran darse a conocer.

Había dos grupos de personas: los inconformistas que se negaban a aceptar la superioridad de los visitantes, y los resignados que aceptaban con amargura la presencia de los nuevos inquilinos intergalácticos.

Miguel Reyes Brooks era del grupo de estos últimos resignados, un periodista de investigación, otrora bastante reputado, pero que ahora agotaba la prestación por desempleo. Aunque ya nada le importaba, pues, desde que aparecieron los surcos en la superficie, pocas cosas mantuvieron auténtica relevancia.

Hoy era un día normal, al menos todo lo normal que se podía esperar tras la Irrupción de los Harbinger. Como cada final de jornada, Miguel ocupaba su taburete de siempre en el pub. El camarero le dejó otra pinta sin pedirla. No era un auténtico pub celta, sino la versión pulida que imaginan los ejecutivos.

El sitio quedaba a dos calles de Camden Town. Por fuera, madera pintada de negro, un trébol de neón sobre la puerta y dos de seguridad que revisaban bolsos sin levantar la voz. Dentro, más club que taberna: suelo pegajoso, olor a lejía reciente y metal de barra. En la pared una pizarra con «2x1 en Jägerbombs hasta la 1:00 AM» y una tele en silencio con noticias subtituladas de conflictos bélicos en varios países provocados por la Irrupción.

Miguel las ignoraba mientras los vasos se le acumulaban en la barra: zinc bruñido y grifos cromados de Guinness con un espejo al frente. Botellas de colores alineadas como soldados. A la derecha, el ruido de una tragaperras le recordaba el dinero que había perdido en ella. Era como si le llamase, pero esta noche, Miguel no estaba demasiado boyante de libras. De fondo no se escuchaba ni druidas ni gaitas, solo un bombo discotequero que hacía vibrar las pantallas y bailar a los chavales con sudaderas universitarias. En una esquina había un par de oficinistas apurando pintas en traje sin corbata.

Cada dos minutos, el bip de los datáfonos marcaba pagos contactless; cada diez, alguien gritaba una letra de un hit de los veinte.

Miguel, entre sorbos, observaba todo cuanto lo rodeaba. En la puerta leyó el típico cartel de aviso que advertía: «Respete el toque de queda, ciudadano». Con el distintivo nuevo del ministerio bien visible. Una mueca de desaprobación se formó en su cara.

Londres post-Harbinger: la ciudad pretendía normalidad, como si bastara un descuento en tragos para sostenerla.

Codo en el borde, una Guinness a medias y dos chupitos ya dentro. Miguel tamborileó los dedos en la barra, giró el posavasos para alinear el logo con la pinta y pasó el pulgar por el borde húmedo de la cerveza. Era un ritual que llevaba a cabo siempre.

La madera de la barra le parecía de atrezo barato —hijo de marchante, el ojo crítico no perdona—, pero el lugar le caía en gracia: suficiente ruido para volverse anónimo, suficiente iluminación verde para hacer ver antiguo lo que no lo era. El camarero con acento irlandés suavizado por años en Londres, deslizó otra ronda con precisión: pinta, chupito de scotch, vaso de agua.

El lector contactless pitó; Miguel sonrió. A un lado, una mujer morena con abrigo de paño y botas de suela gastada le hablaba a medio centímetro del oído. La conversación no iba a ningún sitio, como casi todas a esas horas, pero aquí eso importaba poco: al salir, lo esperaba el frío húmedo de Camden High Street y el N29 pasando como un susurro. Dentro, mientras la música seguía, Londres hacía lo que mejor sabía: aguantar el tipo.

—De modo que eres periodista, ¿eh? —le dijo con cierta sorna juguetona mientras disfrutaba de su copa, como si se tratara de un jueguecito para impresionarlo.

—Y de los buenos.

—Venga ya. Te estás quedando conmigo. —La joven se toqueteó el pelo mientras daba un sorbito a su bebida—. ¿Resulta que estoy delante de un famoso?

Miguel soltó una tibia carcajada, más forzada que otra cosa.

—¿Recuerdas hace unos años todo ese asunto de las catacumbas bajo Notre Dame? —Ella asintió—. Pues fui yo quien las descubrió o, más bien, quien escribió el artículo asegurando su veracidad. Pero ya sabes que después dijeron que todo fue un montaje.

—¿Lo fue?

Sobre el estruendo de la música, hubo un breve silencio entre ambos. Luego Miguel con falsa sonrisa continuó:

—¿Y qué más da? —Realizó una mueca con la boca y tomó un trago de su scotch.

—Pocas cosas importan ya, ¿no? —Otro sorbito.

—Tú lo has dicho, Abigail —le susurró acercándose—. Cualquier día se hartan, salen y nos borran del mapa. Lo mejor es disfrutar del momento…

—Pero ¿y si nunca lo hacen?

—Pues todo continuará como siempre. —Se terminó de un trago la copa y la siguió con un buen sorbo de agua que apaciguara el dolor de estómago.

Luego dejó caer una mano sobre la de ella. Después, una sonrisa inocente a la cual la joven respondió de igual forma. Un leve silencio antes de que sus dedos se entrelazaran. Un guiño mostró una fina cicatriz que bordeaba con disimulo su ceja derecha, consecuencia de una caída de joven.

Con todo, los minutos pasaban y, entre copas y chupitos, risas y caricias mal disimuladas, parecía que el cortejo había dado resultado. Así, entre preguntas y respuestas tan intranscendentes como cuál era su color favorito o qué tal se llevaba con sus padres, la fiesta fue llegando a su fin.

El camarero, fiel confidente de Miguel cada noche, lo miraba todo desde la barra mientras recogía antes de cerrar. Echó una sonrisilla cómplice a Miguel, quien se hizo el despistado y siguió acariciando el suave pelo de la joven mientras esta le susurraba algo al oído.

Miguel se inclinó un poco hacia el barman y, con un gesto despreocupado, le pidió que apuntara todo en su cuenta. El barman asintió con una mezcla de desgana y resignación; llevaba noches acumulando las deudas de Miguel, pero decidió no interrumpir la elaborada coreografía que se desarrollaba ante sus ojos. Miguel se levantó y con un guiño al camarero se dispuso a salir. Casi había amanecido y el toque de queda había terminado. Ya era seguro estar en la calle.

Mientras, la joven, ayudada de una mano, lo sujetaba con fuerza por la cintura, como si temiera que Miguel pudiera escaparse en cualquier momento, al tiempo que con la otra acariciaba la castaña cabellera del hombre. Ambos abandonaban el lugar cuando de pronto la chaqueta de Miguel comenzó a vibrar. Era su móvil.

El hombre, con un leve mareo, sacó la mano del bolsillo y consultó la hora en su viejo reloj analógico. Pasaban las seis de la mañana. ¿Quién llamaría a estas horas?, se preguntó. El móvil mostraba un remitente desconocido. Con cierta desgana deslizó el dedo por la pantalla.

—¿Quién es? Estoy con algo importante ahora —contestó en un perfecto inglés a pesar de su origen toledano.

En ese instante, el silencio tomó el protagonismo. Miguel soltó con rapidez a la chica y se alejó varios metros. Su rostro comenzó a transformarse, como si la gravedad lograra disipar la embriaguez que hasta entonces le dominaba.

Contestó con varios monosílabos y por fin guardó el teléfono.

La calle estaba envuelta en penumbra. La calzada de piedra del Soho brillaba húmeda bajo el tenue brillo de las farolas, señal de que un chaparrón reciente había caído. La joven lo esperaba ansiosa al otro lado de la calle, pero él estaba sumergido en sus pensamientos.

—Miguel, vamos a mi casa —sugirió la mujer, su tono cargado de sensualidad mientras le hacía un gesto de invitación para que se acercara.

Este, aún atrapado en sus propios pensamientos, tardó varios segundos en reaccionar. Después, levantó la mirada y, con una voz apagada, respondió:

—Lo siento, Abigail, pero me tengo que ir.

Sin añadir más, se giró y comenzó a caminar con prisa calle abajo, en dirección a Westminster.

—Pero ¿qué pasa? —gritó la mujer a las sombras.

Hubo un silencio. Luego la voz de Miguel resonó a través de las callejuelas.

—Mi padre ha muerto.

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