Recuerdos falsos: Desafío total no necesitaba la máquina
Los recuerdos falsos no son cosa de Desafío total: se crean con una pregunta mal hecha. Un policía explica por qué el testigo es la prueba más frágil que hay.
LA CIENCIA DEL BUCLE
Jose M. Aldasoro
10/12/20265 min leer


En Desafío total, un obrero entra en una empresa llamada Rekall para que le implanten el recuerdo de unas vacaciones en Marte que nunca ha hecho. Hace falta un sillón, una aguja y una máquina del tamaño de una habitación. Philip K. Dick imaginó el negocio en un relato de 1966 y Verhoeven lo filmó en 1990. Los dos se equivocaron en lo mismo: la máquina sobra. Para meter un recuerdo falso en la cabeza de alguien basta con hacerle mal una pregunta.
Un verbo cambia lo que viste
En 1974, la psicóloga Elizabeth Loftus enseñó a varios grupos la misma filmación de un accidente de tráfico y les pidió que calcularan la velocidad de los coches. Solo cambió una palabra. A quienes preguntó a qué velocidad iban cuando «se estrellaron» respondieron, de media, 41 millas por hora. A quienes preguntó a qué velocidad iban cuando «se golpearon», 34. Habían visto exactamente lo mismo.
Lo inquietante vino después. Una semana más tarde, los del verbo fuerte tendían mucho más a afirmar que habían visto cristales rotos en la calzada. En la filmación no había ninguno. La pregunta no había deformado una opinión: había añadido un objeto a la escena.
Hay expedientes que alguien altera sin tocar un solo papel. Si quieres leer el que ZEUS intentó borrar, el atestado que reparto entre mis suscriptores está aquí.
¿Se puede implantar un recuerdo entero?
Loftus dio el paso siguiente en 1995, junto a Jacqueline Pickrell. Entregó a 24 voluntarios un cuadernillo con cuatro episodios de su infancia, relatados por un familiar. Tres eran ciertos. El cuarto, haberse perdido en un centro comercial a los cinco años y ser rescatado por un desconocido, era inventado. Alrededor de una cuarta parte acabó recordándolo, y algunos aportaron detalles que nadie les había dado.
El experimento tiene críticos, y conviene decirlo: son pocos sujetos, y la propia Loftus admitió años después que no se descartó que alguno se hubiera perdido de verdad sin que su familia lo supiera. Tampoco se sostuvo la cifra más llamativa del campo. Un estudio de 2015 anunció que el 70 % de sus participantes llegaba a recordar un delito que no había cometido; otros investigadores recodificaron los datos y lo dejaron entre el 26 y el 30 %.
Me quedo con el número pequeño, que ya es enorme. Uno de cada cuatro. Sin sillón y sin aguja.
La ley de 1882 lo sabía antes que la psicología
Aquí es donde un policía lee estos experimentos sin sorpresa. Quien ha tomado declaración sabe que el testigo no miente cuando se equivoca: cuenta con total convicción lo que recuerda, y lo que recuerda ya incluye lo que oyó en el portal, lo que le dijo el vecino y la forma en que se le preguntó.
Por eso el procedimiento se defiende de la memoria más que del mentiroso. Se separa a los testigos antes de que comenten entre ellos. Se empieza por un relato libre y se dejan las preguntas concretas para el final. Y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que es de 1882, ya ordenaba que la rueda de reconocimiento se forme con personas de aspecto semejante y que, si hay varios testigos, cada uno reconozca por separado y sin comunicarse con los demás. Casi un siglo antes del experimento de Loftus, alguien había entendido que un testigo contamina a otro.
Cuando ese cuidado falla, el coste es conocido. En 2015, la organización estadounidense Innocence Project señalaba que más del 70 % de las 333 personas exoneradas hasta entonces mediante ADN habían sido identificadas erróneamente por alguien. Nadie les implantó nada a esos testigos. Solo recordaban.
Y todo lo que el testigo cuenta acaba pasando por una segunda mano, la de quien lo pone por escrito. Ya dije que todo atestado policial es un relato y tiene un autor.
Si el día se repite, ¿quién lo recuerda?
El Bucle transcurre en un mundo atrapado en un ciclo de 24 horas. No voy a contar quién conserva la memoria de la vuelta anterior y quién no. Sí diré por qué me interesaba: en un día que se reinicia no queda ni una huella, ni un papel, ni una cámara. La única prueba de que ayer existió es que alguien lo recuerde. Y ya hemos visto lo que vale eso.
Es también la razón por la que escribí sobre qué es un bucle temporal y por qué la ficción lo falsea: casi todas las historias del género dan por hecho que el protagonista recuerda bien.
La parte que Dick sí acertó
En el relato original, el protagonista no sabe distinguir el recuerdo comprado del vivido. Eso sí es exacto. Un recuerdo falso no se siente distinto de uno verdadero: viene con la misma imagen, la misma emoción y la misma seguridad.
Así que la pregunta incómoda no es para el testigo, sino para ti. De todo lo que jurarías haber visto con tus propios ojos, ¿cuánto te lo contaron después?
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