Todo atestado policial es un relato, y tiene un autor

Qué se anota en un atestado policial, qué se queda fuera y quién decide lo segundo. Lo que la ficción policial nunca enseña, contado por quien firma el papel.

LA VIDA DEL ESCRITOR

9/13/20265 min leer

Impreso oficial en blanco sobre una mesa metálica iluminada por un flexo
Impreso oficial en blanco sobre una mesa metálica iluminada por un flexo

Un atestado no es una grabación de lo que pasó. Es lo que alguien decidió escribir sobre lo que pasó, en un impreso, con el turno acabándose y sin saber todavía de qué irá el procedimiento dentro de un año. La ley lo resume en una expresión que nadie discute y casi nadie examina: «con la mayor exactitud».

«Con la mayor exactitud» no significa «todo»

El artículo 292 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal dice, literalmente, que los funcionarios de Policía judicial extenderán un atestado de las diligencias que practiquen «en el cual especificarán con la mayor exactitud los hechos por ellos averiguados, insertando las declaraciones e informes recibidos y anotando todas las circunstancias que hubiesen observado y pudiesen ser prueba o indicio del delito».

Léelo otra vez y fíjate en el final: «que pudiesen ser prueba o indicio del delito». Ahí hay un verbo en condicional y, detrás del condicional, una persona decidiendo. Exactitud no es exhaustividad. Nadie anota todas las circunstancias del mundo: se anotan las que quien escribe considera que podrían llegar a significar algo. Esa consideración se hace antes de saber qué acabará significando algo, que es exactamente cuando peor se decide.

De modo que la primera cosa que conviene entender sobre un atestado es que es una selección. Y toda selección tiene un criterio, y todo criterio tiene un dueño.

Hay un atestado que no consta en ninguna comisaría. Lo escribí para los lectores que quieren ver cómo se documenta desde dentro una investigación que aún no ha ocurrido: qué se anota, qué se omite y quién decide lo segundo. Se manda por correo, y solo a quien lo pide.

Un atestado no es una prueba: es una denuncia

Esta es la parte que la ficción se salta siempre. El artículo 297 de la misma ley establece que los atestados que redacten los funcionarios de Policía judicial «se considerarán denuncias para los efectos legales», y que las demás declaraciones que presten «tendrán el valor de declaraciones testificales en cuanto se refieran a hechos de conocimiento propio».

Traducido: el papel no demuestra nada por sí mismo. Abre. Pone en marcha. Lo que dentro de él pueda llegar a valer como prueba tendrá que volver a decirse en otro sitio, delante de otras personas, con una defensa enfrente preguntando por qué se escribió esto y no aquello.

Escribir sabiendo eso cambia la mano. No redactas para que te crean; redactas para que dentro de dos años alguien que no estuvo allí pueda reconstruir qué viste, en qué orden y con qué luz. Es un ejercicio de honestidad técnica bastante más incómodo de lo que parece, porque obliga a dejar por escrito los límites de lo que sabes.

Lo que se queda fuera casi nunca se queda fuera por malicia

Cuando falta algo en un atestado, la explicación aburrida es casi siempre la buena. Falta porque nadie lo vio. Falta porque quien lo vio no lo interpretó como relevante. Falta porque no encajaba en ninguna de las casillas del impreso y meterlo obligaba a inventarse un apartado. Falta porque la persona que lo contó no quiso firmarlo. Falta porque a esa hora de la madrugada el cerebro humano es un instrumento de medición mediocre.

El impreso, además, no es neutro. Un formulario es una teoría sobre qué clase de hechos existen: te pide hora, lugar, filiación, objetos, lesiones. Lo que el formulario no pregunta tiende a no escribirse. Y lo que no se escribe, a efectos del procedimiento, no ocurrió.

Esa frase es dura y es cierta a la vez, y es la razón por la que la palabra «atestado» me sirve como metáfora de casi todo. Cualquier archivo, cualquier registro, cualquier base de datos es una versión de la realidad recortada por el molde de quien la diseñó.

La ficción tiene el problema contrario

En las series, la cámara lo ha visto todo. El espectador conoce los hechos y el papeleo es un trámite que se despacha en un plano de tres segundos: alguien teclea, alguien firma, corte. La documentación aparece como fricción, como el peaje burocrático que separa la acción de la siguiente escena de acción.

En el trabajo real es al revés. Durante meses, el caso es el papel. No hay más caso que el que consta. Nadie va a rebobinar la noche. Lo único que sobrevive es lo que un funcionario con sueño consiguió poner en un impreso, y las decisiones que tomó al ponerlo gobiernan el resto del procedimiento.

Ahí hay un motor narrativo enorme que casi nadie usa: la tensión entre lo que pasó y lo que consta. No hace falta un villano para que las dos cosas no coincidan. Basta con un turno largo y un formulario mal diseñado.

Por eso escribo el futuro en formato de expediente

Cuando me siento a escribir ciencia ficción, no invento un mundo y luego busco cómo contarlo. Voy al revés: me pregunto qué papeles generaría ese mundo, quién los firmaría y qué se dejaría fuera de ellos. Un sistema se entiende mejor por sus registros que por sus discursos.

De ahí sale el tono de El Bucle: un tecno-thriller que se lee como algo que alguien tuvo que documentar, con la incomodidad de saber que quien documenta también elige.

No es una decisión estética. Es la única forma que conozco de escribir el futuro sin mentir: enseñando el papeleo.

La próxima vez que leas un titular que empiece por «según el atestado policial», acuérdate de que alguien lo escribió. Alguien con nombre, número y turno. Y de que ese alguien, antes de escribir la primera línea, tuvo que decidir qué no contar.

Siguiente lectura

Dos entradas que continúan esta: El día que el autor de los hechos no sea una persona y Lo que odio de la ciencia ficción moderna, y lo que echo de menos.

La novela que toca: El Bucle, thriller cyberpunk de anomalías temporales: un mundo atrapado en un ciclo de 24 horas del que todos son conscientes.