Coches voladores: la ciudad que anuncia el Tesla Roadster
Los coches voladores ya tienen prototipo: el Tesla Roadster salta con gas frío de SpaceX. Qué ciudad imaginó la ciencia ficción y qué falta para que despegue.
LA CIENCIA DEL BUCLE
Jose M. Aldasoro
10/17/20266 min leer


El 15 de octubre, en el centro de pruebas de cohetes de SpaceX en McGregor (Texas), un Tesla Roadster subió por una rampa, quedó boca abajo, se soltó, dio una vuelta en el aire y aterrizó sobre sus cuatro ruedas. Sesenta y cuatro años después de que Los Supersónicos aparcaran su burbuja voladora en la televisión, la ciencia ficción tiene por fin un prototipo que enseñar.
La pregunta interesante no es si ese coche vuela. Es qué ciudad nacería el día que volar fuera lo normal.
El Roadster no vuela: salta
Los «cohetes» del nuevo Roadster no tienen llama. Son propulsores de gas frío desarrollados con SpaceX: un depósito de aire comprimido a muy alta presión que se vacía a través de unas toberas. El gas sale hacia un lado y el coche se mueve hacia el otro; es la tercera ley de Newton sin combustión. Es la misma familia de propulsores que usa la primera etapa del Falcon 9 para orientarse y darse la vuelta antes de regresar a tierra.
Tesla presentó tres versiones. La Performance no lleva propulsores y se pega al asfalto con ventiladores de succión. La Thrust añade toberas traseras para acelerar. La Rocket, monoplaza y solo por invitación, reparte diez toberas por la carrocería y carga un depósito de 600 litros. No hay precio, la producción se anuncia para 2028 y la propia Tesla admite que la Rocket no está aprobada para circular por vías públicas.
Y aquí está la trampa. El gas frío es uno de los sistemas de propulsión menos eficientes que existen: en los cohetes se usa para pequeñas correcciones porque es sencillo y fiable, no porque rinda. Cuando el depósito se vacía, se acabó el vuelo. Lo que vimos fueron ráfagas cortas y controladas, no un coche que despega y se marcha.
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La física que la ficción se salta
Flotar es caro. Para quedarse quieto en el aire, un vehículo tiene que empujar hacia abajo, sin descanso, tanto aire como pesa, y la energía necesaria crece cuanto más pequeña es la superficie con la que empuja. Por eso un helicóptero lleva un rotor de once metros y no cuatro ventiladores del tamaño de una rueda.
Hagamos la cuenta con un coche hipotético de dos toneladas que flotara empujando aire con cuatro metros cuadrados de hélices. Según la teoría de la cantidad de movimiento, la que se usa para dimensionar rotores, necesitaría unos 880 kilovatios, casi 1.200 caballos, solo para no caerse, y eso en el caso ideal, sin pérdidas. Con un rotor de once metros, el mismo peso pide unos 180 kilovatios: cinco veces menos. El coche volador compacto que la ficción lleva décadas dibujando es, sobre todo, un problema de energía.
Y hay otro detalle que casi ninguna película enseña: todo ese aire tiene que ir a alguna parte. El chorro que sostiene el coche cae sobre la acera, con su ruido, su polvo y lo que haya debajo.
Tres ciudades que la ciencia ficción ya ensayó
Los Supersónicos (1962) imaginaron el coche volador como electrodoméstico de clase media: una burbuja que se plegaba hasta caber en un maletín. Era el futuro sin conflicto, el de la familia que va a la oficina por el aire igual que hoy va por la autopista.
Blade Runner (1982) le dio la vuelta. En su Los Ángeles de 2019, los spinners diseñados por Syd Mead cruzan un cielo que pertenece a quien manda, mientras abajo la gente vive bajo la lluvia y el neón. Volar no es un derecho: es una posición.
El quinto elemento (1997) llevó la idea a su conclusión más prosaica. La Nueva York de 2263 tiene autopistas aéreas superpuestas en capas, taxis voladores y atascos en el aire. El sueño se ha cumplido y se ha vuelto rutina.
Tres futuros: el democrático, el del privilegio y el del atasco. La ciencia ficción ya los probó todos sobre el papel. Lo que el Roadster anuncia es que pronto los probaremos sobre el asfalto, o encima de él.
La ciudad vertical
Si volar llega a ser barato, la altura se convierte en clase social. Arriba, el tráfico limpio y las vistas; abajo, la sombra, el ruido y el aire que bajan de los demás. La calle pasaría a ser el sótano de la ciudad.
Hay un segundo cambio, más silencioso. Según la crónica de Kelley Blue Book, el Roadster de las acrobacias se manejaba a distancia y la figura del asiento era atrezo. El coche volador del futuro difícilmente lo conducirá una persona: será un vehículo autónomo dentro de una red de rutas calculadas. Y una ciudad con el cielo programado es una ciudad donde quien escribe el programa decide quién sube, por dónde y hasta qué altura.
En una ciudad así, escapar también cambia de forma. Ya no basta con doblar una esquina y meterse en un callejón: el perseguidor puede estar encima, y el cielo entero es un mapa.
Ciudad Takion ya vive ahí
Esa ciudad la escribí en El Bucle. En Ciudad Takion, bajo un cielo siempre teñido de rojo, la altura ya es clase social. El aerodesplazador privado, un vehículo volador con su propia inteligencia artificial a bordo, es el medio más rápido para cruzarla, pero no está al alcance de todo el mundo. Las clases medias se mueven en coches de superficie por autopistas interminables; las más bajas, en metro. En los callejones más sombríos, una maraña de cables tendida entre los edificios apenas deja pasar la luz. Y por encima de todo, en órbita, flota Olympus, la estación-ciudad de la élite.
Cuando dos patrullas de la policía de la ciudad se lanzan tras Julia Alonso, la persecución no se libra en el asfalto, sino en el aire: entre megabloques, carteles y neones, con las sirenas aullando y las luces rojas y azules rebotando en los callejones. Julia baja a vuelo rasante, a pocos metros del suelo, convencida de que la policía no se atreverá a seguirla tan cerca de la gente. Se equivoca. Abajo, los peatones agachan la cabeza al paso de las naves. No te voy a contar cómo sale de ahí. Solo te diré que esa escena es la ciudad vertical en estado puro: en una persecución por el aire, el riesgo lo paga quien se queda en la calle.
Durante sesenta años la ciencia ficción dibujó coches voladores sin preguntarse quién se quedaría debajo. El Roadster ha demostrado que se puede saltar. Lo difícil empieza ahora: decidir quién tiene derecho al cielo. ¿Tú en qué piso de esa ciudad vivirías?
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