Crimen en Marte: el primer homicidio no tendrá policía

Un crimen en Marte tendría juez sobre el papel, pero no policía. La Antártida y la Estación Espacial ya han ensayado el problema. Un policía explica qué falla.

LA CIENCIA DEL BUCLE

Jose M. Aldasoro

10/9/20265 min leer

Módulo habitable aislado en una llanura rojiza y desierta, con una sola ventanilla encendida bajo un cielo oscuro
Módulo habitable aislado en una llanura rojiza y desierta, con una sola ventanilla encendida bajo un cielo oscuro

La ciencia ficción lleva un siglo llenando Marte de colonos, mineros, rebeldes y corporaciones. Casi nunca de un juzgado de guardia. Y sin embargo, el día que haya cincuenta personas viviendo allí, la pregunta dejará de ser literaria: si una de ellas aparece muerta, ¿quién acordona, quién toma declaración y quién detiene?

¿Quién manda cuando el delito ocurre fuera de la Tierra?

Sobre el papel, la respuesta existe desde 1967. El Tratado del Espacio Exterior establece, en su artículo VIII, que cada Estado conserva la jurisdicción sobre los objetos que lanza y sobre el personal que va a bordo. La nave es, a estos efectos, un trozo del país que la registró.

La Estación Espacial Internacional lo afinó en 1998. Su acuerdo intergubernamental dice, en el artículo 22, que cada socio puede ejercer la jurisdicción penal sobre sus propios nacionales: al astronauta lo juzga su país, no el dueño del módulo donde estaba. Canadá ha ido un paso más allá: en 2022 extendió su Código Penal a la futura estación en órbita lunar y a la superficie de la Luna.

De modo que juez hay. Lo que no hay es nadie que llegue.

Hay expedientes que tardan ocho años en cerrarse y otros que alguien hace desaparecer. Si quieres leer el que ZEUS intentó borrar, el atestado que reparto entre mis suscriptores está aquí.

El «primer delito espacial» fue una denuncia falsa

En julio de 2019, Summer Worden denunció que su exmujer, la astronauta de la NASA Anne McClain, había entrado sin permiso en su cuenta bancaria desde la Estación Espacial, donde pasó de diciembre de 2018 a junio de 2019. La prensa lo bautizó como el primer delito cometido en el espacio.

No lo fue. La investigación del inspector general de la NASA concluyó que Worden le había dado a McClain sus claves años antes y que ambas habían usado esa cuenta con normalidad. En noviembre de 2025, Worden se declaró culpable de mentir a las autoridades; en febrero de 2026 fue condenada a tres meses de prisión y a restituir 210.000 dólares.

El caso dejó una lección útil: el sistema funcionó porque todo lo investigable estaba en la Tierra. Registros bancarios, declaraciones, plazos. En órbita no hubo que preservar nada.

La Antártida ya ensayó el problema, y salió regular

Para saber qué pasa cuando el escenario está de verdad lejos, hay que mirar al único lugar del planeta que se parece a una colonia: una base antártica en invierno. Allí rige la misma regla que en la Estación Espacial, la de la nacionalidad, desde el tratado de 1959.

El 12 de mayo de 2000 murió en la base estadounidense del Polo Sur el astrofísico australiano Rodney Marks, de 32 años. Se creyó que era una muerte natural. El invierno impedía cualquier vuelo, así que el cuerpo pasó casi seis meses en un congelador hasta que pudo salir hacia Christchurch, en Nueva Zelanda. La autopsia halló una intoxicación por metanol. La investigación recayó en la policía neozelandesa, y el detective al mando declaró que los organismos estadounidenses que gestionaban la base no le facilitaron ni la lista completa de quienes estaban allí. Había otras 49 personas. El informe del forense se publicó en 2008: nunca se supo cómo llegó el metanol a su cuerpo.

En octubre de 2018, en la base rusa de Bellingshausen, un ingeniero apuñaló a un compañero en el pecho. Se entregó al jefe de la estación. Tardaron once días en sacarlo de allí. Meses después, un tribunal de San Petersburgo archivó la causa porque la víctima lo había perdonado.

Lo que falla no es la ley: es la primera hora

Aquí es donde un policía lee estos casos de otra manera. Un tratado reparte la competencia para juzgar. No preserva una escena, no separa a los testigos antes de que hablen entre ellos, no recoge una muestra a tiempo. Eso lo hace alguien que está allí en la primera hora, y que no forma parte del grupo. En el Polo Sur no había nadie así. Durante seis meses, la escena, el cuerpo y los cuarenta y nueve posibles testigos convivieron bajo el mismo techo.

Ahora ponte en Marte. Una señal tarda entre tres y veintidós minutos en llegar a la Tierra, según la posición de los planetas, así que no existe la llamada: existe el mensaje y la espera. La ventana para viajar se abre más o menos cada veintiséis meses. Quien mande en la base será a la vez autoridad, vecino, testigo y, quizá, sospechoso. El cine resuelve esto con un sheriff. La realidad, hasta ahora, lo ha resuelto con un congelador.

Escribí algo parecido sobre los centros de datos en el espacio: la jurisdicción sobre un objeto en órbita está escrita, y aun así nadie puede ir a mirar. Y es la misma incomodidad de Starship 14 y el perímetro que el cine siempre omite: colocamos cada vez más cosas donde no hay a quién llamar.

Un lugar donde nadie tiene jurisdicción

En Frecuencia Zero hay una red planetaria que funciona a la perfección precisamente porque nadie tiene jurisdicción sobre ella. Cuando la escribí pensaba en la Tierra. Marte será lo mismo con menos oxígeno: un sitio donde la norma existe y quien debe aplicarla está a meses de distancia.

La primera colonia no necesitará una constitución, que es lo que le gusta imaginar a la ciencia ficción. Necesitará algo mucho menos épico: a una persona que no dependa del jefe de la base y que sepa qué no hay que tocar. ¿Quién va a pagar el billete de alguien cuyo trabajo consiste en que ojalá no tenga trabajo?

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